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El Rincón Analítico de Andrea | Análisis del capítulo 1×02 de ‘Estoy Vivo’

La semana pasada se estrenó en La 1, una de sus apuestas de ficción más fuerte: Estoy vivo, una mezcla de thriller, fantasía y drama familiar que podría haber sido un auténtico desastre, pero que, sin embargo, ha resultado ser todo un acierto. Y si el primer episodio fue una presentación más que efectiva de premisa y personajes, en este segundo han seguido avanzando, mientras han profundizado más en El enlace y han abierto un frente nuevo.

Vamos, que hay muchas cosas que comentar y ya no me ando con rodeos: análisis del segundo episodio, allá vamos.

Dos tipos duros (y exorcistas)

Tras todas las desventuras de nuestro pobre Vargas, se despierta en su nueva cama (y nuevo cuerpo, todo sea dicho) para descubrir que El Enlace le está haciendo el desayuno desnudo.

Eh, a ver, que he perdido un poco el hilo. No me culpéis a mí. Bueno, a ver, la cuestión es que Vargas pasa de culos, de enlaces y de misiones y sólo quiere saber dos cosas: ¿por qué se regenera como un puto mutante? Palabras exactas, me limito a copiarlas porque sigo pensando que este hombre es Lobezno y esto lo demuestra. Y lo segundo que quiere es recuperar a su familia, aunque Alejo le dice que debe resignarse. Y, sí, voy  a llamarlo Alejo, como si fuéramos amigos de toda la vida, porque es eso o decirle Link, cual prota de Legend of Zelda, que lo de enlace me resulta frío y eso.

Mientras Vargas se presenta en casa de Susana para verlas, ésta le explica a su madre que su compañero la salvó en más de un sentido. Justo después, llama a Vargas para que vaya a recogerla y básicamente le pilla con el carrito del helado. Mira, esta pobre muchacha nos va a acabar loca de la vida con el comportamiento de Vargas, que nosotros lo entendemos, pero la pobre Susana está a ciegas. Yo ya sospecho que lo tiene como la mascota rara, como si ella fuera Vaiana y Vargas el pollo, vamos.

Vaiana y su pollo, digo, nuestros intrépidos protagonistas deben ir a la comisaría porque El sargento gallito (os juro que Kentacky Chicken no está patrocinando este análisis) está interrogando al tío que les disparó, pero lo único que le sonsaca es que sólo hablará con Márquez. Mira, como me voy a liar con los nombres, que me conozco, va a ser para todo Lobezno y me quedo tan pancha.

El interrogatorio va como el culo, ya que el sospechoso se queda calladito, hasta que Lobezno se va a largar: entonces tapa el micrófono y le dice que no es él y que va a por él. ¿Lo habrá poseído Tamara? Yo lo veo posible. Lobezno les dice a sus compañeros lo sucedido, señalando que está como una puta cabra, cuando El poseído se marca una escapada muy pro, que incluye trepar por las paredes que ni el propio Spiderman.

Lobezno lo sigue hasta una azotea, donde el Spiderdemon lo tira al suelo, pero no problema porque Lobezno usa sus súperpoderes para regenerarse. Es más fácil escribirlo que hacerlo, claro, que nuestro pobre Lobezno se tiene que ir encajando como si fuera un mueble de Ikea. Aunque se lleva una sorpresa aún mayor cuando vuelve a su casa a cambiarse y descubre que Alejo tiene a Spiderdemon atado en una silla: y es que Alejo es un hombre resolutivo, que lo mismo ejerce de estilista personal, como que noquea a un demonio con un extintor y roba un descapotable (siempre con estilo, como buen personal shopper celestial) para llevarlo a casa.

Ni con todo lo visto, Lobezno está muy convencido con el tema demonio y no quiere disparar a Spiderdemon con el arma mata-demonios (me gusta pensar que la ha construido el Profesor Bacterio, así soy), así que tiene que hacerlo Alejo en persona. En ese momento, llega la pobre Susana, que está preocupadísima, a ver si está bien y la situación se va de las manos en varios frentes: Laura prácticamente la obliga a invitar a Lobezno a cenar (y asistimos a la primera conversación de Lobezno con su mujer y yo lloro de tristeza, ay) y, encima, Spiderdemon se escapa porque, claro, al disparar Alejo y no Lobezno, pues no ha funcionado.

Ahora bien, ¿es por qué Alejo es un enlace y Lobezno un humano o hay algo más?

La cuestión es que a Lobezno el tema no le interesa y está más centrado en la cena con su familia, casi cortándole el rollo a Susana, que está liada con el Sargento Gallito. Sí, yo misma sé la situación extraña que he creado con el mote y llamando a Susana Vaiana, pero… ignorémoslo y continuemos. Tras cenar en el bar de su amigo, Lobezno cree reconocer a alguien silbando y se queda muy mosqueado, pero sigue con su camino.

Por la noche, Lobezno pilla a Alejo trabajando, pero únicamente le pide (una vez más) que se largue. El pobre Alejo, así, como triste, le dice que, cuando complete su misión, él podrá marcharse a la pasarela. También le da la solución para no dramar por su familia: olvidarla. De hecho, él no entiende cómo los seres humanos se empeñan en quererse, si eso sólo crea disgustos. Desde aquí os digo que Alejo acaba de maldecirse a sí mismo y se va a enamorar.

Nada más quedarse solo, el radar de demonios de Alejo se pone en marcha, pero no se ve nada más hasta que, a la mañana siguiente, llama a Lobezno para decirle que ha salido a hacer un cometido urgente. Alejo va en un descapotable robado (yo aquí veo un patrón, ¿eh?), cuando se encuentra a la policía y, claro, como era de esperar, los polis se creen que les está vacilando y el acaba desapareciendo antes de que puedan detenerlo.

Logra dar con Spiderdemon, pero éste se pone a hace parcour like a pro y se escapa tras robar una tienda. Precisamente Lobezno y Susana van a investigar ahí y, claro, flipan al ver que ha robado una ballesta. Alejo se reúne entonces con Lobezno, que está bastante cabreado con el tema, pero no por eso Alejo se inmuta. Entonces se reúne con ellos Susana, lo que les obliga a presentar a Alejo, que debe improvisar un nombre porque no tiene: Joaquín Sabina. Ella se lo toma con humor y se presenta como Shakira y…

¡Paren las rotativas!

Tengo shippeo.

Repito: tengo shippeo. No me lo esperaba, la verdad, pero, OH MY GOD, qué estos dos juntos molan. Sí, ha sido una escena, me estoy viniendo MUY arriba, pero los actores me molan y los personajes también. Qué narices, me he tirado a la piscina por menos y yo aquí veo tema y que puede molar, además.

Pese a que Alejo le recomienda a Lobezno que no vaya a la cena, porque sufrirá, él acude. De paso, nos enteramos de lo solitaria que es la vida de los enlaces. Oh… Susana, ve a abrazarle, YA. Bueno, y de nuevo Alejo le vuelve a aconsejar en materia de moda, lo que me hace gracia.

Otro que necesita un abrazo es Lobezno, que acude a su casa y, por si no tenía poco con ver a su mujer, se encuentra ahí con su padre, lo que no se esperaba, claro. Jo, en serio, me da tanta pena su situación. Es que las caras de Javier Gutiérrez de anhelo me matan muy lentamente. La cena va bastante bien, sin que Lobezno haga algo demasiado raro que flipe a todos, aunque yo sigo teniendo el alma rota.

Eso sí, todo se va un poco a la porra cuando, afectado por la bomba emocional que supone la situación, va al baño y Spiderdemon le ataca. Oye, tío, sé que eres un demonio y eso, ¡pero un poquito de por favor, que el hombre estaba ahí, sufriendo! ¡Dale un poco de intimidad, coñe! Lobezno se marcha de la cena en cero coma y descubre que Alejo ya ha capturado al Spiderdemon y lo tiene en el maletero de otro descapotable. Entonces, por primera vez, Lobezno se carga al demonio con la pistola esta extraña y el pobre hombre flipa…

Y luego aparece el holograma de Diosa (yo creo que Julia Gutiérrez Caba es Dios y no me sacáis de ahí), que le da una mala noticia: El Carnicero sigue vivo y es igual que él, es decir, que ocupa un cuerpo humano, pero es un agente hostil. De hecho, yo creo que ya lo era cuando mata a Lobezno, que esa escena fue muy rara. Lobezno no está muy por la labor de cumplir la misión, pero Diosa le informa que, si no lo hace, las consecuencias serán chungas… y encima, mientras dice eso, nosotras vemos a Bea. Joder, qué mal rollo.

Entre fantasmas (y clases)

Además de la trama principal, en este segundo episodio nos han contado la situación de Bea, la hija pequeña de Vargas, tras estos cinco años y, de paso, nos han dejado echar un vistazo a la realidad de la familia Vargas, en general. Todo empieza cuando vemos a una mujer ser atacada exactamente igual que la víctima del primer episodio, mujer con la que contacta Bea, una mini Carmen Porter en potencia, que evidentemente está obsesionada con lo paranormal y la vida tras la muerte, algo que dejan claro con dicha escena y la siguiente, cuando su amiga le echa en cara que tengan que hacer esas cosas, lo que les da fama de raras.

Yo también os digo que estas dos los tienen de acero valaryo porque yo ya estaría huyendo de la radio y ni de coña iría de excursiones fantasmales.

Sus ovarios de Khaleeshi doña Bea los demuestra cuando, en el instituto, les pega un señor repaso a dos pavas que se intentan meter con ella. ¡Y sin despeinarse! Esta mujer es una reina y yo soy muy fan de ella.

Después, una vez acabado el colegio, Bea va a ver a su profesora de física para contarle lo sucedido, aunque la profesora no termina de estar convencida con el tema. ¿Y eso desanima a Bea? ¡Qué va! Y es que esa misma noche sigue intentando contactar con el fantasma de la noche anterior y lo logra, descubrimiento que la chica se llama Margot y fue asesinada.

Me imagino que tarde o temprano ambas líneas (la policial y la de Bea) van a confluir y seguramente sufriremos, pero seguro que mola. Porque, de hecho, estoy muy gratamente sorprendida con Bea y con el hecho de que Estoy vivo se va cargando clichés: si primero era el de la mujer de policía, ahora nos han dado una adolescente muy poco habitual y que, en vez de ser una reina del drama porculera, es alguien con carácter y obsesión por lo sobrenatural. En serio, soy muy fan de ella, de los demás y de la serie en general.

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